Duele. No hace falta ser más elegante que eso. Los primeros movimientos de la mañana, antes del café, tienen la textura exacta del día después de ochenta kilómetros de sillín, y no hay metáfora que lo mejore demasiado. Trago dos pastillas con un café hirviendo y me quemo la lengua.
El camino se aleja pronto del río y sube por el coteau, entre las cepas de los viñedos de Vouvray, que a esta hora conservan todavía el peso entero del rocío. La subida no es larga pero llega en el peor momento posible, con las piernas de ayer todavía sin reponerse del todo, y la maldigo en voz baja sin que me oiga nadie.
Desde arriba se ve el valle entero. El Loira con sus bancos de arena. Y en el acantilado de toba, al otro lado, una hilera de agujeros oscuros con puertas y contraventanas encajadas directamente en la roca. Alguien vive ahí, en una vivienda troglodita con antena parabólica incluida, aunque desde esta distancia no hay forma de saber quién. Me quedo mirando más de la cuenta.
La bajada de vuelta al río es rápida y no exige nada de mí salvo sujetar el manillar. Los últimos kilómetros antes de Tours se hacen bajo un túnel de árboles que cierra el cielo casi del todo. El aire cambia de temperatura antes que el paisaje, unos grados de golpe, y durante un rato no hay más sonido que el de la rueda delantera sobre tierra compactada.
Tours llega antes por el ruido que por la vista. El tráfico se oye dos curvas antes de que aparezca el puente. Cruzo el puente Wilson entre coches y me equivoco de carril en la rotonda del otro lado, lo cual provoca un bocinazo breve y del todo justificado. Levanto la mano a modo de disculpa. El conductor no me la devuelve. Tiene razón.
La Place Plumereau está a media faena cuando llego. Los camareros sacan las últimas sillas de dentro, alguien barre bajo una mesa sin levantarla, un gato duerme justo en el centro de una silla y nadie parece dispuesto a moverlo por ahora. Pido un Vouvray. Tarda. Llega tibio, casi caliente, y no digo nada, ni al camarero ni, hasta este momento, a mí mismo. Hay una cobardía social muy concreta en no devolver una copa de vino, y la admito de mala gana.
Me quedo el tiempo que dura la copa y un poco más. No pasa nada digno de mención en esa media hora. Está bien que así sea. No todo tiene por qué convertirse en algo.
Cruzar Tours en bici es otro asunto. Pasos de cebra, glorietas pequeñas, el carril que aparece y desaparece sin avisar en tres calles distintas. Salgo de la ciudad aliviado, y me sienta un poco mal alegrarme tanto de dejar un sitio tan bonito.
El Cher es un río de otro tamaño y otro carácter. Más estrecho, más oscuro, con los álamos de las dos orillas casi tocándose por arriba en algunos tramos. Hace más fresco aquí. Se nota antes en los brazos que en cualquier otra parte del cuerpo.
Savonnières aparece con su piedra color crema y un cartel pintado a mano que anuncia las grutas. Entro. Dentro hace ese frío concreto de las cuevas, el que se mete por la ropa en segundos, y sobre un pedestal, con su cartela correspondiente, hay una coliflor entera convertida en piedra por el agua calcárea de las Grottes Pétrifiantes a lo largo de varias semanas. Me quedo hasta que el frío deja de ser curioso y empieza a ser de verdad.
Los setos de Villandry asoman en ángulo recto por encima de los muros del dominio antes de que se vea nada más, geometría pura contra el cielo ya bajo de la tarde. Paro la bici en el camino.
No entro. Mañana.
En el Cheval Rouge dejo el equipaje y bajo tarde a cenar, cuando casi no queda nadie en el comedor. El camarero —que también es el cocinero, que también parece ser el dueño— pregunta si he hecho el tramo entero desde Amboise. Le digo que sí. Levanta las cejas y se va a la cocina.
Como despacio. Fuera, el pueblo ya está a oscuras.
En el mapa puedes seguir el trazado completo de esta segunda etapa. Sale de Amboise y sube al coteau de Vouvray, entra en Tours por el puente Wilson y termina junto al Cher, pasando por Savonnières, hasta Villandry. Debajo tienes los enlaces oficiales, el álbum fotográfico completo y la información práctica para tu recorrido. Información oficial, consejos y recomendaciones para la ruta. Accede al álbum compartido en Google Photos para explorar todas las capturas de esta etapa a máxima resolución. Amboise → Tours (~27 km, dejando el río para subir al coteau entre los viñedos de Vouvray, con vistas a las viviendas trogloditas excavadas en la roca de toba, antes de volver a la orilla) → Villandry (~15 km siguiendo el Cher). La zona entre Amboise y Tours, especialmente alrededor de Vouvray y Rochecorbon, tiene una de las mayores concentraciones de viviendas y bodegas excavadas en toba (tuffeau) del valle. Algunas se visitan (bodegas con cata incluida) y otras siguen habitadas. Vale la pena bajar del camino principal si ves alguna abierta. La Place Plumereau y el Vieux-Tours merecen al menos una hora. La Cathédrale Saint-Gatien, a diez minutos a pie, cuenta con vidrieras del siglo XIII. Las Halles de Tours para charcutería y quesos locales. Aparcamiento vigilado para bicis junto al puente Wilson. Las Grottes Pétrifiantes rompen el tramo final entre Tours y Villandry. Entrada — 7,70 € adulto. Frescas en verano. Abren de principios de febrero a mediados de noviembre, con horario ampliado en julio y agosto. Temporada 2026 — del 1 de mayo al 27 de septiembre. De lunes a viernes, hasta tres viajes diarios de ida y vuelta entre Orléans, Tours, Angers y Nantes, con parada en Amboise y Tours. Los fines de semana el trayecto llega hasta Le Croisic. La reserva de plaza para la bici es obligatoria y cuesta 1 € por bici y trayecto. Se hace en veloabord.fr. Hôtel Restaurant Le Cheval Rouge, 9 rue Principale, 37510 Villandry. Teléfono 02 47 50 02 07. Correo chevalrouge@rousseautraiteur.fr. Web lecheval-rouge.com. Código ético — Ninguno de los establecimientos mencionados ha pagado por aparecer en este espacio.
Bajo con la bici cargada. Amboise a esta hora no posa para nadie; un panadero cuenta cajas en voz baja junto a la puerta de su tienda, dos veces, no sé por qué. Una furgoneta descarga bidones de agua frente a un restaurante todavía cerrado. El castillo, arriba, sigue exactamente donde lo dejé ayer, cosa que agradezco. Después de un día así uno empieza a dudar de la permanencia de las cosas en general.
EL COTEAU DE VOUVRAY Y LAS VIVIENDAS TROGLODITAS
LLEGADA A TOURS — PONT WILSON Y LA PLACE PLUMEREAU
EL RÍO CHER, SAVONNIÈRES Y LA LLEGADA A VILLANDRY
EL MAPA DE LA RUTA
GUÍA PRÁCTICA Y ENLACES — DÍA 2
LA LOIRE À VÉLO
Portal oficial y app de navegación GPS para la ruta en bici.
TURISMO DE TOURS
Información sobre el casco histórico, la Place Plumereau y la Catedral.
CHÂTEAU ET JARDINS DE VILLANDRY
Página oficial, horarios y entradas para los célebres jardines.
EL BOTÍN FOTOGRÁFICO COMPLETO
LA RUTA DEL DÍA
Total — 40 km, con un desnivel acumulado moderado en la subida del coteau y el resto llano. El día más corto de la ruta.VIVIENDAS TROGLODITAS DE VOUVRAY
TOURS
SAVONNIÈRES
TREN LOIRE À VÉLO
DÓNDE DORMIR EN VILLANDRY
Hay una teoría no escrita que dice que los mejores viajes no empiezan en el aeropuerto ni en la estación. Empiezan mucho antes, en el momento exacto en que uno decide que va a ir. Ese instante de rendición tranquila. Este viaje empezó así, en algún punto del invierno, cuando alguien dijo bici y Loira en la misma frase y yo no puse objeción. Tampoco es que pueda negarme a robar imágenes por el camino. Es algo que me ocurre solo, como estornudar.
El castillo real de Blois queda arriba, en su colina, cuando salgo de la ciudad. Cuatro siglos de arquitectura apilados en el mismo patio —el gótico de Luis XII, el Renacimiento de Francisco I, el clasicismo inacabado de Gastón de Orleans— y yo me voy sin haber entrado. No es descortesía, es cálculo. Con ochenta y cinco kilómetros por delante, prefiero guardar las piernas para lo que viene y no gastar la mañana admirando un patio interior, por bonito que sea. Ya habrá tiempo, me digo, sabiendo que probablemente no lo habrá.
Giro al sur y me alejo del río. El camino baja hacia el bosque de Boulogne, que aparece de repente como si alguien hubiera corrido una cortina. El aire cambia de temperatura en cuestión de metros. El silencio tiene textura. Me detengo. Saco la cámara. No sé exactamente qué fotografío. A veces uno dispara para tener una excusa para detenerse.
Y entonces aparece Chambord.
No hay manera de prepararse para Chambord. He visto fotos. He leído descripciones. He oído a gente que lo había visitado hablar de él con esa mezcla de entusiasmo y ligera vergüenza que produce lo que es objetivamente demasiado grande. Nada sirve. El castillo emerge de la llanura con sus 440 habitaciones, sus 365 chimeneas y una escalera de doble hélice que se atribuye a Leonardo da Vinci, un capricho más sobre una lista que ya iba sobrada de caprichos. Me quedo parado sobre la bici, con un pie en el suelo, sin mover nada.
Es demasiado. Lo fotografío igual.
Francisco I mandó construir esto para irse de caza. La muralla que cerca la finca tiene 32 kilómetros. La muralla, no el castillo. Hay algo profundamente insano en esa escala que me resulta, por alguna razón, completamente admirable. Rodeo la finca por el camino de grava entre árboles. Un hombre mayor está sentado en un banco, mirando el castillo con los brazos cruzados y expresión de juez severo.
—¿Lleva mucho tiempo aquí? —le pregunto.
—Tres horas —responde sin mirarme—. Cada vez lo encuentro diferente.
Me quedo con la frase sin saber muy bien qué hacer con ella, y le guardo el perfil en la cámara antes de volver a los pedales.
De vuelta en la ruta principal, el camino sigue la orilla norte del Loira hacia el este. El río va quieto, casi plano, con el agua baja dejando ver bancos de arena a los dos lados. A unos veinte kilómetros de Chambord, el castillo de Chaumont-sur-Loire asoma sus torres redondas entre los árboles de un promontorio, bastante más pequeño que Chambord, casi un boceto al lado de aquella desmesura. Bajo hasta el puente, cruzo el río y subo por el camino hasta el dominio.
Chaumont no es Chambord. No pretende serlo. Es más pequeño, más íntimo, más parecido a un lugar donde alguien vivió de verdad que a un monumento a la megalomanía real. Catalina de Médici lo tuvo. Diana de Poitiers también, en circunstancias que ninguna de las dos elegiría como propias. Lo que importa ahora son los jardines. Cada año el Festival Internacional de Jardines convierte el dominio en algo situado en una frontera imprecisa entre arte y horticultura, entre lo que la naturaleza hace y lo que los artistas creen que debería hacer si tuviera más imaginación.
Una mujer mayor me explica, sin que yo le haya preguntado nada, que este jardín de aquí representa la memoria del agua. Le doy la razón, porque tiene razón, aunque yo habría llegado a esa conclusión en un orden diferente. Le robo una imagen mientras mira sus flores favoritas. Ella no se da cuenta. O sí se da cuenta y decide no hacer nada al respecto, que también es una forma de consentir.
Me quedo menos de una hora. Todavía me quedan casi veinticinco kilómetros y las piernas ya llevan toda la mañana quejándose.
El tramo de Chaumont a Amboise es puro Loira. El carril bici pegado al río, los bancos de arena dorada que aparecen y desaparecen según el humor del agua, el bosque de Amboise cerrando el cielo de golpe y abriéndolo de nuevo con la misma brusquedad. A estas alturas del día ya no disfruto tanto el paisaje como debería. Llevo horas sentado en un sillín que sigue pareciéndome una broma de mal gusto, tengo las manos un poco dormidas de agarrar el manillar, y empiezo a hacer ese cálculo tan poco noble de cuántos kilómetros me quedan en vez de cuántos llevo disfrutados. El bosque, al menos, ayuda. Es fresco y denso, con luz que se filtra entre las ramas, un silencio distinto al del bosque de Boulogne, más dulce, más habitado, con bicicletas apoyadas contra los troncos y voces bajas entre los árboles.
Amboise aparece sobre la colina con su castillo real presidiendo el río desde lo alto. Entro en la ciudad cuando la tarde empieza a ceder. Dejo el equipaje en el hotel Chaptal, que está, cómo no, en la rue Chaptal, y salgo caminando los quinientos metros que me separan del Clos Lucé.
Un palacete de ladrillo rojo discreto, casi doméstico, que Francisco I puso a disposición de Leonardo da Vinci para que viviera, inventara y pensara en sus cercanías. Le pagaba una pensión anual a cambio de nada concreto, solo de ser Leonardo da Vinci. El rey y el genio se veían a través del pasadizo subterráneo que une los dos edificios. Francisco bajaba cuando quería conversar, que es el sueño de cualquier intelectual —que el poder llame a tu puerta en vez de al revés, y que encima lo haga por un túnel para no mojarse.
En el dormitorio donde Leonardo murió el 2 de mayo de 1519, la ventana daba al castillo del rey. Me pregunto qué pensaba cuando miraba por ella. Probablemente no pensaba en el rey, sino en sus máquinas voladoras, en el ángulo de la luz, en la hidráulica. A los genios se les puede perdonar casi todo, incluso no estar nunca del todo donde están.
En los jardines, las máquinas que imaginó están reproducidas a escala gigante. El precursor del helicóptero, el tanque blindado, el puente de asedio. La gente las mira y sonríe, sabiendo que cualquier comparación con Leonardo está perdida de antemano. Fotografío las máquinas, los rostros, la luz del final del día sobre el ladrillo rojo, y cuando salgo a la calle me doy cuenta de que llevo toda la tarde sin cruzar más de tres frases seguidas con nadie. No es tristeza exactamente, pero tampoco es mucho mejor que eso. Ahí me quedo, sin ganas de analizarlo más, con el estómago vacío y las piernas cargadas, de vuelta hacia el hotel.
En el mapa tienes localizado el trazado completo en bicicleta de esta primera etapa. La salida desde Blois, el desvío hacia Chambord, la parada en Chaumont-sur-Loire y la llegada final a Amboise. Debajo tienes los enlaces oficiales, el álbum fotográfico completo y la información práctica para tu recorrido. Información oficial, consejos y recomendaciones para la ruta. Accede al álbum compartido en Google Photos para explorar todas las capturas de esta etapa a máxima resolución. Desde el sur de España y Madrid, la combinación más práctica es vuelo más tren. Desde los aeropuertos de Málaga, Sevilla o Madrid hay vuelos directos o con escala a París Orly o Charles de Gaulle, y desde París el TGV desde la Gare Montparnasse llega a Blois-Chambord en poco más de 1h15. El castillo de Blois está a 500 metros de la estación. Desde Barcelona, el TGV inOui desde Barcelona-Sants llega a París en unas 6h30; desde allí TGV hasta Blois. Las bicicletas van gratis desmontadas en funda en los trenes regionales TER; en los TGV de alta velocidad deben ir embaladas. Reservas en sncf-connect.com o thetrainline.com. Para quienes viajan desde el sur de España o Portugal, existe también la opción de volar a Nantes e iniciar la ruta en sentido contrario, terminando en Blois. Blois → Chambord (desvío ~20 km al sur) → vuelta al Loira → Chaumont-sur-Loire (~20 km) → Amboise (~25 km). El alquiler de referencia en Blois es Détours de Loire (Puerto de la Creusille), con bicis híbridas y eléctricas, consigna de equipaje (8 €/día) y traslado de maletas entre alojamientos (5 €/día). Reservar con antelación en temporada alta. La Oficina de Turismo de Blois también guarda equipaje por 5 €/día. Abierto todos los días. Reserva de entrada online recomendada en chambord.org. El acceso al dominio y los jardines exteriores es gratuito. Calcular mínimo 2 horas para la visita interior, incluyendo la escalera de doble hélice y las terrazas. La finca exterior tiene 32 km de muralla perimetral y caminos para recorrer en bici. El Domaine de Chaumont incluye el castillo del siglo XV y el Festival International des Jardins (abril–noviembre, tema diferente cada año). Entrada desde 17 € adulto. La estación de tren Onzain-Chaumont-sur-Loire está en la orilla norte, buena opción para regresar en TER si el día se hace largo. Reservas en domaine-chaumont.fr. La entrada para adultos cuesta 17,50 €. Incluye la visita al palacete, los talleres de Leonardo, el espacio inmersivo y el parque con las máquinas gigantes. Calcular entre 2 y 3 horas. Reserva en vinci-closluce.com. Hôtel Chaptal — rue Chaptal, 37400 Amboise — teléfono 02 47 57 14 46 — infos@hotel-chaptal-amboise.fr — hotel-chaptal-amboise.fr. A pocos minutos a pie del casco histórico y del Clos Lucé. Código ético — ninguno de los establecimientos mencionados ha pagado por aparecer en este espacio.
Lo que sí me ocurre es que tengo una relación complicada con las bicis. No es que no sepa montar, sé montar. Lo que no sé es por qué alguien inventó el sillín con esa forma específica, como si el objetivo fuera castigar exactamente la parte del cuerpo que más va a necesitar descanso en los próximos cinco días. Me subo a la mía en el puerto de la Creusille, a orillas del Loira, y pedaleo los primeros metros muy tieso, muy digno, sospechando ya que el cuerpo me va a pasar factura antes de que acabe el día.
BLOIS Y LOS PRIMEROS KILÓMETROS: EL RÍO Y LA SALIDA
CHAMBORD: BOSQUE, ESCALA Y DESMESURA
CHAUMONT-SUR-LOIRE: JARDINES, HISTORIA Y LA MEMORIA DEL AGUA
RUMBO A AMBOISE: EL BOSQUE DENSO Y LA LLEGADA
CLOS LUCÉ: EL CASTILLO Y EL UNIVERSO DE LEONARDO
EL MAPA DE LA RUTA
GUÍA PRÁCTICA Y ENLACES — DÍA 1
LA LOIRE À VÉLO
Portal oficial y app de navegación GPS para la ruta en bici.
CHÂTEAU DE CHAMBORD
Página oficial y reservas para el castillo de Chambord.
DOMAINE DE CHAUMONT-SUR-LOIRE
Página oficial del castillo y el Festival Internacional de Jardines.
CLOS LUCÉ (AMBOISE)
Página oficial y reservas para la última morada de Leonardo da Vinci.
EL BOTÍN FOTOGRÁFICO COMPLETO
CÓMO LLEGAR DESDE ESPAÑA
LA RUTA DEL DÍA
Total aproximado, 85 km. Terreno llano salvo el repecho de subida a Chaumont. Señalización Loire à Vélo excelente en todo el tramo. La app oficial La Loire à Vélo (gratuita, iOS y Android) incluye navegación GPS, puntos de servicio y alojamientos certificados.LAS BICIS Y EL EQUIPAJE
CHAMBORD
CHAUMONT-SUR-LOIRE
CLOS LUCÉ (AMBOISE)
DÓNDE DORMIR EN AMBOISE
En Balat, una casa pintada de rosa chillón, fachada perfecta para una foto, y ni un alma detrás de las ventanas. El guía dice que ya casi nadie vive en las que se ven bonitas.
Domingo, último día en Estambul antes de otro vuelo hacia otra parte, después de un viernes de llegada y un sábado cruzando a Asia. Quedaban Fener, Balat, Eyüp y una tarde en el Bósforo que iba a resultar la más intensa de las tres.
Crucé el Cuerno de Oro en tranvía hasta Fener, donde me esperaba el guía para las tres horas de visita por Fener y Balat, los dos barrios seguidos, uno cosido al otro sin que se note bien dónde termina uno y empieza el siguiente. Reconocí al guía en cuanto lo vi. Era el mismo que me había enseñado la parte antigua de la ciudad en un free tour por Sultanahmet, año y medio antes, en diciembre, bajo una lluvia que entonces me pareció digna de Londres en su peor día. Aquella vez terminé la visita empapado y con los dedos agarrotados de frío. Esta vez el sol pegaba fuerte y tuve que quitarme la chaqueta a los diez minutos. Cambia todo, y cambia mucho, empezando por el cielo. Se llamaba Burak, o algo muy parecido, y no recordaba mi cara, claro, pero fingió que sí, y lo agradecí.
Fener fue el barrio griego ortodoxo desde la caída de Constantinopla, y todavía hoy tiene aquí su sede el Patriarcado Ecuménico, la máxima autoridad de la Iglesia ortodoxa. Tuve la suerte, o la simple casualidad de la hora, de asomarme a la catedral de San Jorge justo cuando se celebraba la liturgia dominical, con el propio patriarca Bartolomé oficiando, visible en persona entre el incienso y los cantos, algo que no esperaba encontrarme en una mañana cualquiera de visita turística. Cerca de allí sigue en pie el colegio griego ortodoxo, un edificio enorme de ladrillo rojo que corta el paisaje desde lo alto de la cuesta, y que hoy tiene poco más de medio centenar de alumnos, casi todo lo que queda de la comunidad griega de Estambul.
Balat, pegado a Fener, fue el barrio judío, poblado sobre todo por sefardíes llegados tras la expulsión española. Las dos comunidades se fueron vaciando durante el siglo veinte, muchos griegos después de los disturbios de 1955, muchos judíos rumbo a Israel en las décadas siguientes, y lo que queda son las casas, pintadas ahora de colores intensos para las fotos, con las sinagogas y las iglesias todavía en pie pero casi sin nadie dentro entre semana. Lo que empezó siendo un vaciamiento por emigración se ha convertido en las últimas décadas en un vaciamiento por Airbnb, que en Balat ha pasado de un puñado de anuncios hace poco más de diez años a varios centenares hoy, la mayoría gestionados por propietarios con varios pisos a la vez y no por vecinos que alquilan una habitación de más. Es un barrio que parece decorado para recordar algo que ya no está, y pasear por ahí haciendo fotos de una ausencia deja un poso incómodo que no se va enseguida.
La mezquita de Eyüp guarda la tumba de Eyüp al Ansari, compañero del profeta Mahoma, muerto durante el asedio árabe de Constantinopla en el siglo séptimo. Es uno de los lugares más sagrados del islam, y durante siglos los sultanes otomanos se ceñían aquí la espada de Osman al subir al trono. El ambiente cambia en cuanto entras, menos cámaras, más gente rezando de verdad. Guardé la mía en la mochila nada más cruzar la puerta, no me pareció el sitio para sacarla.
Detrás de la mezquita sube la colina de Pierre Loti, entre un cementerio otomano de siglos. Se puede subir andando o en teleférico, y elegí el teleférico, que en un par de minutos te deja arriba con toda la ciudad desplegada al fondo, el Cuerno de Oro estrecho y brillante, las cúpulas apiladas unas detrás de otras hasta donde alcanza la vista. Pierre Loti era el seudónimo de un oficial de la marina francesa que se enamoró de Estambul en el siglo diecinueve, y también, según cuentan, de una mujer otomana casada, lo cual explica en parte por qué le gustaba tanto subir aquí a mirar la ciudad y no bajar. Me tomé un té turco en la terraza, con las mismas vistas que él ya elogió hace más de cien años, aunque el paisaje que veía entonces ya no exista del todo.
Para cuando llegué al muelle de Kabataş ya llevaba tres días enteros moviéndome, cambiando de transporte, subiendo cuestas, bajando escaleras, y las piernas me pesaban de una forma que no tenía nada de metafórico. Me dolían los pies, tenía hambre otra vez y ninguna gana concreta de subir a un barco durante dos horas. Llegué con el tiempo justo, el equipo esperando con un cartel frente a la cafetería Beltur, y subí deprisa, sin margen para nada más.
El barco salió pasadas las seis y puso rumbo norte, hacia el mar Negro, pegado a la orilla europea, dejando atrás Dolmabahçe, Ortaköy con su mezquita minúscula clavada en el agua y Bebek, hasta girar a la altura del segundo puente. Ahí empezó el regreso, ya por la orilla asiática, la de los palacetes, casas de madera enormes con jardines que bajan directamente hasta el agua, y fue en ese tramo de vuelta, con Estambul entera cambiando de lado del barco, cuando entendí que aquello iba a ser distinto de lo que había visto en tres días desde tierra.
El último tramo pasa junto a la Torre de la Doncella, Kız Kulesi, una torre pequeña plantada ella sola en mitad del canal, con su propia leyenda de amores imposibles y serpientes escondidas en cestas de fruta. Desde ahí el barco ya enfila hacia el puerto, y ese fue el momento. El sol se ponía detrás de la ciudad vieja, un naranja que en las fotos siempre sale exagerado y en directo se queda corto, y contra ese naranja las mezquitas y los palacios se recortaban en negro absoluto, perfiles afilados sin un solo detalle, como si alguien hubiera recortado la silueta de la ciudad con tijeras. Saqué la cámara, hice una foto, la miré en la pantalla y la volví a guardar. No se parecía a nada de lo que estaba viendo, así que dejé de intentarlo y me limité a mirar.
Se me saltaron las lágrimas, sin ningún motivo que pudiera explicar en ese momento ni que pueda explicar del todo ahora. Llevaba año y pico diciéndome que ya conocía esta ciudad, que la primera vez me la había guardado entera y que esta vuelta era solo para rellenar huecos. Sentado en la cubierta, con el viento salado y esa luz imposible a los dos lados del barco, tuve que admitir que no era verdad. Hay muy pocos sitios en el mundo donde uno siente que está pisando algo verdaderamente antiguo, capital que fue de tantos imperios que se pierde la cuenta, cuna de civilizaciones que ya no existen y de otras que siguen aquí disfrazadas de ciudad moderna, y Estambul es de los pocos que conozco donde esa sensación te atraviesa sin avisar, aunque sea la segunda vez que vienes y aunque llegues con los pies destrozados. No sé explicar muy bien qué fue exactamente lo que sentí. La ciudad, supongo, aunque también el cansancio acumulado de tres días haciendo cosas sin parar. Solo sé que me costó hablar durante un rato, y que nadie me preguntó por qué.
Desembarqué en Kabataş poco después de las ocho. Tranvía T1 hasta Karaköy, y una última cena en Karaköy Lokantası, con parada previa en Karaköy Güllüoğlu a comprar baklava para el camino, porque aquella noche tampoco era la última del viaje, solo la última en Estambul. Al día siguiente salía otro vuelo, hacia el sitio del que sigo sin hablar, y en algún momento de las horas siguientes, aunque entonces no lo supiera todavía, algo de lo que había comido en los últimos tres días me iba a pasar factura. Tardó dos días en manifestarse, ya lejos de la ciudad, y cuando llegó fue de la manera menos digna posible, pero eso pertenece a otro capítulo de este viaje, uno que todavía no toca contar.
De Estambul me quedo con la luz naranja detrás de las mezquitas, con las piernas destrozadas y con la sensación de haber llorado por una ciudad sin saber muy bien por qué. Si habrá una tercera vez no lo decidí esa noche, ni falta que hacía decidirlo, aunque a este paso, mientras siga sin haber vuelos directos hasta donde de verdad voy, puede que la decisión ya esté tomada de antemano.
El mapa recoge la parte que se puede caminar, Fener, Balat y Eyüp. El crucero por el Bósforo no entra, ninguna ruta de coche o a pie reconstruye bien lo que es un barco subiendo por una orilla y bajando por la otra. Debajo tienes el álbum fotográfico completo, los enlaces útiles y la información práctica de este último día. Información oficial, consejos y recomendaciones para el domingo Accede al álbum compartido en Google Photos para explorar todas las capturas de estos dos primeros días a máxima resolución. Domingo — Visita guiada de tres horas por Fener y Balat, la mezquita de Eyüp y la colina de Pierre Loti en teleférico, crucero de atardecer por el Bósforo desde Kabataş y cena de despedida en Karaköy. Merece la pena hacerlo con guía, el barrio da mucho más si alguien va contando lo que ya no se ve a simple vista. Si coincide en domingo por la mañana, puede haber liturgia en la catedral de San Jorge, conviene mantener silencio y no usar el flash si se entra a mirar. El teleférico se paga con Istanbulkart, igual que el resto del transporte público. Al entrar en la mezquita de Eyüp, hombros y rodillas cubiertos y descalzarse, es un lugar de peregrinación activo, no un monumento más. Punto de encuentro en la plaza de Kabataş, frente a la cafetería Beltur, cerca del funicular. Mejor reservarlo para el atardecer y comprobar que el barco hace el recorrido completo, subida por la orilla europea y vuelta por la asiática pasando la Torre de la Doncella, y no un tramo corto cualquiera. Karaköy Lokantası, cocina turca de toda la vida en un local con solera, en Karaköy. Karaköy Güllüoğlu, la baklava más famosa de la ciudad, ideal para llevar de vuelta al hotel o de recuerdo. Código ético: Ninguno de los establecimientos mencionados ha pagado por aparecer en este espacio.
Y luego, mucho después, un barco, una torre en mitad del agua, y algo que no esperaba que me pasara a mí, precisamente a mí, la segunda vez.
FENER Y BALAT
EYÜP Y LA COLINA DE PIERRE LOTI
EL CRUCERO
EL MAPA APROXIMADO
GUÍA PRÁCTICA Y ENLACES — PARTE 2
GOLDEN CITY TOURS
La agencia del crucero por el Bósforo, con salida desde Kabataş.
KARAKÖY LOKANTASI
Cocina turca clásica, cena de cierre del viaje en Karaköy.
KARAKÖY GÜLLÜOĞLU
La baklava más conocida de Estambul, desde 1949, a pie de calle en Karaköy.
EL BOTÍN FOTOGRÁFICO COMPLETO
EL DÍA
FENER Y BALAT
EYÜP Y PIERRE LOTI
EL CRUCERO POR EL BÓSFORO
DÓNDE COMER
Valle del Loira en bicicleta. Loire a veló. Día 2. De Amboise a Villandry
40 km aprox. Desnivel moderado (coteau) ...
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